SOY MARINA MILLER

Me resulta sexy definirme como una estratega digital con apellido de actriz porno

Hay un buen motivo para hacerlo, con esa descripción es difícil que te olvides de mí (al menos durante unos días).

En un mundo saturado de impactos, tener a alguien en la memoria, es importante.

Ahora te contaré algo curioso que aprendí y lo mismo te interesa (o debería hacerlo), si tienes un negocio en internet.

Mi historia es bastante peculiar, por llamarlo de alguna forma...

Soy una tía que nació en Almería, de padre almeriense y madre sevillana.

¿Andaluza con apellido «Miller»?

Pues no.

Miller no era mi apellido original, pero decidí cambiármelo cuando estaba estudiando la carrera de Marketing e Investigación de Mercados en la Universidad.

Pensé que mi apellido era demasiado cutre para lo que yo quería hacer, entonces se me ocurrió crearme un nombre artístico. Así cuando diese conferencias por el mundo la gente me recordaría (muy modesta yo).

Ese fue el principio, pero la lié mucho más cuando terminé la carrera.

Ahora verás…

Yo vivía en Almería y quería irme a Madrid a trabajar en una super agencia de marketing.

Entonces se me ocurrió hacer una campaña de marketing de mí misma.

La idea era bastante lógica, si soy de marketing, tengo que saber venderme

Total, que se me fue la olla.

Me vestí de súper mujer con una camiseta que ponía «Súper Miller» con un logotipo similar al de «Super Man», pero con una «M» en el pecho. 

La vestimenta era la siguiente: Yo llevaba una camiseta azul con la «M» bien grande en rojo y amarillo, una capa roja brillante, una faldita roja y dos cartelitos que me hizo un amigo diseñador gráfico.

Después me hice un vídeo recorriendo todo el centro de Madrid repartiendo a la gente unas tarjetas en las que ponía…

«No imagines lo que soy capaz de hacer, dame la oportunidad de demostrarlo»

… y ahí te invitaba con un código QR a visitar la web: PresumeDeConocerme.com

Al entrar en esa página, encontrabas mi currículum de marketera en formato infografía.

La verdad es que al principio aquello no funcionó mucho, porque no tuvo suficiente alcance en redes sociales. Así que tuve que meterme a trabajar de cajera en un hipermercado (para pagar mi vida madrileña y esas cosas).

Entré para la campaña de navidad, pero luego decidieron renovarme y mi condena continuó prolongándose en el tiempo…

Pi, Pi, Pi... ¿quiere bolsa?

Así me pasaba el día.

Encima las cajeras estaban todas amargadas y te miraban por encima del hombro.

Es normal que lo estuviesen, algunas llevaban más de 20 años escuchando el «pi, pi» y preguntándole a la gente si quería una bolsa.

De locos.

Como mi idea no era quedarme allí por mucho tiempo, decidí hacer algo:

Añadí el enlace del famoso vídeo vestida de «Super Miller» a mis solicitudes de trabajo.

Spoiler: Conseguí 2 trabajos de marketing gracias a ese vídeo.

¿Porque era bueno?

No, no lo era.

Simplemente le había echado narices y me había atrevido a hacer algo que otros cientos de candidatos no.

Los cientos de currículums que recibían las empresas, eran todos iguales.

Ambos jefes me dijeron en la entrevista que no les había gustado el vídeo…

No les gustó mi vídeo pero me entrevistaron y me contrataron

Cuando monté Espabilismo tenía algo claro, tenía que ser diferente y lanzar una propuesta totalmente distinta a la mierda que veía por ahí.

La webs de la mayoría de tías no me molaban, eran «fresis» con imagen rosita y muy cuquis. Eso no iba conmigo, así que elegí el «modo dark».

Después pensé…

¿Qué narices necesita la gente para crear negocios que den pasta en internet?

Espabilarse.

Luego fui un paso más allá, ¿cómo los espabilo con todo lo que sé y veo ahora?

Entonces decidí crear un Club de Estrategas, donde enseño las últimas estrategias que arrasan en internet y los nuevos modelos de negocio que lo están petando.

Después pensé: la gente que tiene trabajo, no tiene tiempo.

Entonces decidí que el formato serían lecciones de 30 minutos a la semana, que te roban poco tiempo y hacen que no te quedes atrás.

En este mundillo si te quedas atrás, lo más probable es que acabes en la caja del hipermercado y el puto «pi, pi, pi» te quite las ganas de vivir (como me lo hacía a mí).

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